
El peligro que se avecina
Si Donald Trump regresa a la Casa Blanca, traería una mejor comprensión de las vulnerabilidades del sistema, cómplices más dispuestos y un plan de represalias más centrado contra sus adversarios.
A pesar de toda su maravillosa creatividad, la imaginación humana a menudo falla cuando mira hacia el futuro. Quizás se vea mitigada por el anhelo de lo familiar. Todos comprendemos que el pasado incluye muchos momentos de grave inestabilidad, crisis e incluso agitación revolucionaria radical. Sabemos que cosas así sucedieron hace años, décadas o siglos. No podemos creer que puedan suceder mañana.
Cuando el tema es Donald Trump, la imaginación flaquea aún más. Trump opera tan fuera de los límites normales del comportamiento humano—por no hablar del comportamiento normal político—que es difícil aceptar lo que en realidad puede hacer, incluso cuando declara abiertamente sus intenciones. Es más, ya hemos experimentado una presidencia de Trump. Podemos encontrar un falso consuelo en esa experiencia previa: la hemos vivido una vez. La democracia estadounidense sobrevivió. ¿Quizás el peligro sea menor de lo que se temía?
En su primer mandato, la corrupción y la brutalidad de Trump fueron mitigadas por su ignorancia y pereza. En un segundo mandato, Trump llegaría con una comprensión mucho mejor de las vulnerabilidades del sistema, más cómplices dispuestos a seguirlo y un plan mucho más centrado en represalias contra sus adversarios e impunidad para sí mismo. Cuando la gente se pregunta qué podría deparar otro mandato de Trump, sus mentes subestiman el caos que se avecina.
Para el día de las elecciones de 2024, Donald Trump estará en medio de múltiples juicios penales. No es imposible que ya haya sido condenado en al menos uno de ellos. Si gana las elecciones, Trump cometerá el primer delito de su segundo mandato al mediodía del día de la toma de posesión: su juramento de defender la Constitución de Estados Unidos será un perjurio.
Un segundo mandato de Trump hundiría instantáneamente al país en una crisis constitucional más terrible que cualquier cosa vista desde la Guerra Civil. Incluso en la agitación de los años 1960, incluso durante la Gran Depresión, el país tenía un gobierno funcional con el presidente a la cabeza. Pero el gobierno no puede funcionar con un criminal acusado o condenado a la cabeza. El presidente sería un condenado o estaría en camino de convertirse en un condenado. Para su propia supervivencia, tendría que destruir el estado de derecho.
Del propio Trump y de las personas que lo rodean, tenemos una idea clara de las prioridades inmediatas de una segunda administración Trump. (1) Detener todos los casos federales y estatales contra Trump, penales y civiles. (2) Perdonar y proteger a quienes intentaron anular las elecciones de 2020 en nombre de Trump. (3) Ordenar al Departamento de Justicia a actuar contra los adversarios y críticos de Trump. (4) Poner fin a la independencia de la función pública y despedir a los funcionarios federales que se nieguen a cumplir las órdenes de Trump. (5) Si estas acciones ilegales provocan protestas en las ciudades estadounidenses, ordenar a los militares que las aplasten.
Un Trump restaurado llevaría a los Estados Unidos a un panorama de escenarios impensables. ¿Confirmará el Senado a los nominados de Trump que fueron elegidos por su voluntad de ayudar al presidente a liderar un golpe de estado contra el gobierno de los Estados Unidos? ¿Dimitirá el personal del Departamento de Justicia? ¿La gente marchará en las calles? ¿Obedecerán o rechazarán los militares las órdenes de reprimir las manifestaciones?
El sistema constitucional existente no tiene lugar para las maniobras legales subversivas de un jefe criminal. Si un presidente puede perdonarse a sí mismo por delitos federales (como probablemente intentaría hacer Trump), entonces podría redactar su perdón con antelación y disparar a los visitantes de la Casa Blanca. (De hecho, la vicepresidenta podría asesinar al presidente en la Oficina Oval y luego perdonarse a sí misma inmediatamente). Si un presidente puede ordenar al fiscal general que detenga un caso federal en su contra (como seguramente haría Trump), entonces la obstrucción de la justicia se convierte en una prerrogativa normal de la presidencia. Si Trump puede ser presidente, entonces los Estados Unidos le debe una enorme disculpa retrospectiva a Richard Nixon. Bajo las reglas de una segunda presidencia de Trump, Nixon habría estado en su derecho de ordenar al Departamento de Justicia que dejara de investigar Watergate y luego se habría podido perdonar a sí mismo y a todos los ladrones por el allanamiento y el encubrimiento.
Después de que Trump fuera elegido en 2016, rápidamente se vio rodeado de personas prominentes e influyentes que reconocieron que era una amenaza anárquica. Encontraron formas de contener a un hombre al que consideraban, para citar las palabras del primer secretario de estado de Trump, “un jodido imbécil” y, para citar a su segundo jefe de gabinete, “la persona más defectuosa que he conocido en mi vida”, cuya “deshonestidad es simplemente asombrosa”. Pero no estaría Rex Tillerson en un segundo mandato de Trump, tampoco John Kelly, ni Jeff Sessions, quien como fiscal general se recusó de la investigación sobre las conexiones del presidente con Rusia, lo que llevó al nombramiento de un fiscal especial independiente.
Desde 2021, los republicanos escépticos de Trump han sido expulsados de la política. Los representantes Liz Cheney y Adam Kinzinger perdieron sus puestos en la Cámara por defender la integridad electoral. El representante Tom Emmer retiró su candidatura a presidente de la Cámara de Representantes por el mismo delito. El grupo republicano del Senado es menos hospitalario con el autoritarismo al estilo Trump, pero nótese que los senadores republicanos más jóvenes y nuevos (Ted Cruz, Josh Hawley, J. D. Vance) tienden a apoyar los planes de Trump, mientras que sus oponentes en el Senado pertenecen a la generación saliente. Los principales rivales de Trump para la nominación de 2024 rara vez se atreven a criticar su abuso de poder.
La mayoría de las personas que formarían parte del personal de un segundo mandato de Trump serían herramientas serviles que han absorbido las brutales realidades del republicanismo contemporáneo: defender la democracia, perder tu carrera. Ya se ha reunido un grupo de oportunistas técnicamente competentes (desde dentro de los think tanks de derecha y de otros lugares) y han comenzado a planificar exactamente cómo desmantelar las salvaguardias institucionales contra los impulsos corruptos y vengativos de Trump. Los probables asesores de Trump en su segundo mandato han dejado en claro que compartirían su agenda de impunidad legal y el uso de la aplicación de la ley contra sus supuestos oponentes, no solo la familia Biden, sino el propio exfiscal general y presidente del Estado Mayor Conjunto de Trump.
Si Trump vuelve a ganar la presidencia, el mundo entero se convertirá en un escenario para su política de venganza y recompensa. Ucrania quedará abandonada en manos de Vladimir Putin; Arabia Saudita cobrará sus dividendos por sus inversiones en la familia Trump.
Trump, durante su primer mandato, dijo a sus asistentes que quería retirarse de la OTAN. Trump, en su segundo mandato, elegiría asesores que no lo disuadieran de hacerlo. Otros socios también tendrían que adaptarse al autoritarismo y la corrupción de un segundo mandato de Trump. Los liberales en Israel y la India se encontrarían aislados a medida que los Estados Unidos se acercara hacia la reacción y el autoritarismo en sus países. Las democracias de Asia Oriental tendrían que adaptarse al proteccionismo y a las guerras comerciales de Trump. El partido antidemocrático Morena de México tendría margen para acabar con las instituciones libres siempre que suprimiera los flujos migratorios hacia los Estados Unidos.
De todos modos, los Estados Unidos estaría demasiado paralizado por los problemas internos como para ayudar a sus amigos en el extranjero.
Si Trump resulta elegido, muy probablemente no será con la mayoría del voto popular. Imaginemos el escenario: Trump ganó el colegio electoral con el 46 por ciento de los votos porque candidatos de terceros partidos financiados por donantes republicanos lograron dividir la coalición anti-Trump. Al no haber logrado ganar el voto popular en cada una de las últimas tres elecciones, Trump se convirtió en presidente por segunda vez. Sobre esa débil base, sus partidarios intentarían ejecutar sus planes de impunidad personal y venganza política.
En este escenario, los oponentes de Trump tendrían que enfrentar una dura realidad: el sistema electoral estadounidense ha privilegiado a una minoría estratégicamente ubicada, encabezada por un presidente que infringe la ley, sobre la mayoría demócrata. Un lado superó en votación al otro. No obstante, los derrotados ganaron el poder de gobernar.
Los derrotados justificarían felizmente el giro de los acontecimientos a su favor. “Somos una república, no una democracia”, dijeron muchos en 2016. Desde entonces, los que perdieron la votación se han vuelto más francos en contra de la democracia. Como tuiteó el senador Mike Lee un mes antes de las elecciones de 2020: “La democracia no es el objetivo”.
Mientras el gobierno de la minoría parezca un resultado ocasional o accidental, la mayoría podría aceptarlo. Pero una vez consciente de que la minoría tiene la intención de diseñar su poder para que dure para siempre (y utilizarlo para subvertir el sistema legal y constitucional más amplio), la mayoría puede dejar de aceptarlo. Uno de los resultados de un segundo mandato de Trump puede ser una versión estadounidense de las manifestaciones masivas que llenaron las calles de Tel Aviv en 2023, cuando el primer ministro Benjamín Netanyahu intentó rehacer el sistema judicial de Israel.
¿Y qué podría seguir a eso? En 2020, los asesores de Trump especularon sobre la posibilidad de utilizar el ejército para aplastar las protestas contra los planes de Trump de anular las elecciones de ese año. Ahora los que están en el círculo de Trump aparentemente están pensando ir más allá. Se dice que algunos quieren prepararse de antemano para utilizar la Ley de Insurrección para convertir al ejército en una herramienta del proyecto autoritario de Trump. Es una posibilidad asombrosa. Pero Trump está pensando en ello, por lo que todos los demás deben hacerlo, incluyendo el alto mando del ejército estadounidense.
Si un presidente puede convocar una investigación de sus oponentes, o convocar a los militares para sofocar las protestas, entonces, de repente, nuestra sociedad ya no sería libre. No habría más leyes, sólo persecución legalizada de opositores políticos. El deseo político supremo de Trump siempre ha sido esgrimir tanto la ley como la violencia institucional como armas personales de poder, un deseo que muchos en su partido ahora parecen decididos a ayudarlo a lograr.
Ese sombrío ideal negativo es la cuestión central de las elecciones en 2024. Si Trump es derrotado, los Estados Unidos puede proceder en su habitual manera imperfecta para abordar los grandes problemas de nuestro tiempo: las guerras en Medio Oriente y Ucrania, el cambio climático, los estándares educativos y la igualdad de oportunidades, el crecimiento económico y los niveles de vida individuales, etcétera. Detener a Trump no representaría progreso en ninguno de esos puntos. Pero detener a Trump preservaría la posibilidad de progreso, al mantener viva la estructura democrática constitucional de los Estados Unidos.
Sin embargo, una segunda presidencia de Trump sería el tipo de shock que abrumaría todos los demás temas. Marcaría el giro hacia un camino oscuro, una de esas rupturas entre el “antes” y el “después” que una sociedad nunca podrá revertir. Incluso si el daño se contiene, nunca se podrá deshacer por completo, como nunca se podrá deshacer el daño del 6 de enero de 2021. Ese día se rompió la larga tradición de transiciones pacíficas de poder y, aunque el intento de detener la transición mediante la violencia fue derrotado, la violencia en sí no fue eliminada. Los planes y complots de un segundo mandato de Trump también pueden ser derrotados. Sin embargo, todo futuro dictador lo sabrá: un presidente puede intentar un golpe de estado y, si se detiene, regresar al poder para intentarlo de nuevo.
Como ahora entendemos por los libros de memorias y los comentarios oficiales, muchos de los miembros del gabinete designados por Trump y del personal de alto nivel estaban horrorizados por el presidente al que servían. Los líderes de su propio partido en el Congreso le temían y odiaban. Los donantes más adinerados del Partido Republicano han trabajado durante tres años para nominar a alguien, a cualquier otra persona. Aun así, los partidarios de Trump están convergiendo a su favor. Se están convenciendo de que algo puede justificar perdonar el primer intento de golpe de Trump y permitir un segundo: los impuestos, el control fronterizo, los comentarios estúpidos de estudiantes universitarios “woke”.
Sin embargo, para que la democracia continúe, el sistema democrático en sí debe ser el compromiso supremo de todos los participantes principales. Las reglas deben importar más que los resultados. De lo contrario, el sistema se precipita hacia el colapso, como lo está haciendo ahora.
Cuando Benjamín Franklin dijo acerca de la entonces nueva Constitución: “Una república, si puedes conservarla”, no estaba sugiriendo que la república pudiera estar fuera de lugar de manera distraída. Previó que surgirían personajes ambiciosos y despiadados para intentar quebrar la república y que personajes débiles y venales podrían ayudarlos. Los estadounidenses han enfrentado el desafío de Franklin desde 2016, en una historia que hasta ahora ha tenido algunos villanos, muchos héroes y la suficiente buena suerte para inclinar la balanza. Sería peligroso seguir contando con la suerte para garantizar ese trabajo.